La Dama Roja

PalazzoOlgiati

30 de Noviembre de 1938
Poggio Catino (Rieti )Hotel « da Rosa » 19:00

Las sombras de la noche envolvieron el cuarto como si de repente la ventana hubiera quedado es­condida tras una gruesa cortina negra. Letizia dejó caer las hojas sobre la cama. La lectura de aquellos tex­tos la había agotado. No se había dado cuenta del paso de las horas, y sólo ahora sentía el frío calado en los hue­sos. Su cuerpo se estremeció tras un ligero escalofrío. Se acercó a coger una toquilla que había dejado sobre el si­llón y se la echó sobre los hombros, acercándose mien­tras tanto a la ventana frotándose las manos heladas. El cielo estaba completamente cubierto de nubes oscuras.
—Llega la lluvia —pensó distraídamente.
Mientras tanto unos pasos pesados se dejaban oír so­bre las piedras del patio. Dejó caer la mirada hacia la entra­da del hotel donde vivía desde hacía cinco meses, es decir, desde que había recibido el encargo de seguir los trabajos de reestructuración de la residencia Biraghi, en Poggio Catino. Algunos hombres de uniforme estaban entrando en el hotel.
A ella no le gustaban los soldados. Corrió las corti­nas bruscamente y se encaminó al cuarto de baño. Pronto llegaría la hora de bajar a cenar.De repente alguien llamó a la puerta. Tuvo miedo e instintivamente escondió las hojas que estaba estudiando bajo la ropa interior, dentro del armario. Se miró rápida­mente en el espejo, peinándose con los dedos el pelo que seguía el corte de moda, y, armándose con una sonrisa ino­cente, fue a abrir la puerta.
CapitanoDeRisis—Buenas noches doña Cantarini. Soy el capitán Giu­lio de’ Risis. Un militar, más bien atractivo tuvo que admitir, le estaba tendiendo la mano.
—Tenemos que hacerle algunas preguntas. ¿Puede seguirnos hasta el salón? Allí estaremos más tranquilos.
Letizia se estremeció en su toquilla de lana y, sin ha­blar, bajó hasta la planta de abajo. Al fondo de las escale­ras se cruzó con la propietaria del hotel, la señora Rosa, que le pareció que estaba bastante nerviosa. Pero quizás todo era fruto de su propia imaginación.
En el salón le estaban esperando dos civiles muy bien vestidos y otros tantos militares que, tras entrar, se le­vantaron inmediatamente situándose a ambos lados de la puerta. Aquel gesto llamó su atención. Uno de los hom­bres que vestía de paisano fue a su encuentro.
—Finalmente tengo el placer de conocerla, doña Cantarini. He escuchado hablar mucho de usted. Pero la verdad es que no imaginaba que fuera tan joven.
El desconocido, un hombre alto y delgado con el pe­lo rizado, había usado un tono muy mundano. Sonreía afable, pero a Letizia no le gustó en absoluto. Desde pe­queña había siempre demostrado una extraordinaria ca­pacidad para intuir a las personas a primera vista, equivo­cándose en muy pocas ocasiones. Parecía estar dotada de una especie de utensilio que, al igual que las vibrisas de los gatos, le permitía intuir lo que los otros ignoraban. Ahora percibía en aquel hombre cierta negatividad. No es que su aspecto fuera particularmente repugnante o que tuviera un comportamiento desagradable, pero la mi­rada turbia y huidiza chocaba fuertemente con sus inten­tos por mostrarse cordial.
—Me llamo Ugo Morelli. Ya ha conocido a nuestro capitán, y él es mi secretario personal, el señor Giacoboni —dijo mientras indicaba al otro civil, que estaba apagan­do el cigarrillo, un hombre de unos cincuenta años y de pequeña estatura—. Lamento tener que molestarla a esta hora, pero se trata de una cuestión muy importante.Letizia, instintivamente, dio un paso hacia el capitán quien, a diferencia de Morelli, le había dado la sensación de ser una persona de la que se podía fiar.
—Dígame cómo puedo ayudarle, señor Morelli.
—Capitán, sus hombres.
El capitán hizo un gesto con la cabeza a los dos solda­dos, que salieron de la sala y cerraron la puerta tras ellos.—Bien, ahora que estamos entre amigos podemos hablar libremente. Lleva meses trabajando aquí y me han indicado que hace unos días, junto al propietario de la re­sidencia, Vincenzo Biraghi, fue testigo de un extraordina­rio hallazgo. ¿Es así? —retomó Morelli con un tono muy meloso.ScheletroDamaRossa
 —Sí, hemos descubierto una estancia que fue cons­truida en el interior de la habitación principal. Con mucha probabilidad fue realizada a finales del siglo xv. —Una sala secreta por lo tanto…
—Si quiere definirla así… Yo diría más bien una pri­sión.
—¿Una prisión?
—Sí. La entrada estaba tapiada. Y en el interior he­mos encontrado un esqueleto encadenado.
—Un prisionero castigado con una muerte atroz… ¿de quién puede tratarse? ¿Y qué pudo haber hecho para sufrir un castigo parecido?
—Estoy trabajando en ello.
Morelli la miraba de forma inquisitiva y Letizia se estremeció.
—A partir de ahora, querida, tendrá que tenerme in­formado de sus descubrimientos, incluso del detalle más pequeño. En las altas esferas están muy interesados en sus estudios. Deseo que usted sea, digamos, una colaborado­ra… Si bien su pasado no puede definirse de esa forma, ¿no es así, querida?
¿Por qué alguien «de las altas esferas» estaba interesa­do en su trabajo? ¿Y quién era este Morelli? ¡Cuánto le molestaba eso de «querida»! ¿Cómo se permitía llamarla de esa forma? ¿Con qué derecho le venía a decir que tenía que colaborar, precisamente él que estaba hecho de la mis­ma pasta que aquella gentuza que le había quitado brutal­mente a su padre, reo por no haber sido «colaborador»?
—Lamentaría mucho que una joven bella e inteli­gente como usted repitiera los mismos errores que su padre —siguió Morelli—. Espero que usted aprendiera de aquella terrible experiencia. Los errores de los demás nos enseñan algo, ¿no está de acuerdo conmigo, querida?
Letizia no hablaba. Miraba fijamente a Morelli para no dejar escapar ninguna emoción.
—Desde mañana por la mañana nuestro capitán y sus hombres seguirán su trabajo y nos informarán de cual­quier cosa, en el supuesto (esperemos que no) de que us­ted se olvide de hacerlo. Me han informado de que ha sido la única, por ahora, que ha entrado en la habitación. ¿Ha­bía alguna otra cosa además del esqueleto? Y perdone pero, ¿por qué no dejó que entrara nadie más?
—Tiene que saber, señor Morelli, que mi trabajo es sólo comparable al de un investigador. Si alguien llegase a cambiar un solo detalle de la escena de un delito sería luego muy difícil descubrir al culpable. Todo tiene que permane­cer así como fue encontrado, al menos por el momento. Una vez que termine de realizar los análisis pertinentes y necesarios, dejaré vía libre también al resto del equipo.
—Hay quien dice que ha visto unas hojas, y ahora parece ser que ya no están…
—La apertura es todavía muy pequeña, y dada la ubicación descentrada respecto a donde he encontrado esos folios, dudo que desde el exterior alguien haya podi­do ver algo más que un esqueleto. De todos modos había un par de cajas, material de escritura, y tres hojas: dos blancas y una con un soneto, pero siguen en su sitio. Per­dóneme pero, ¿por qué le interesa tanto la cuestión?
—Pura curiosidad y amor por la investigación histó­rica. Continúe con su trabajo sin preocuparse por noso­tros, lo importante es que nos tenga informados. Ha sido un placer conocerla, querida. Nos volveremos a ver pron­to. Capitán, ¿nos marchamos?
Morelli se dirigió hacia la puerta con paso decidido y su secretario susurró un «buenas tardes» apenas imper­ceptible.
—Hasta mañana. Intentaré no entorpecer demasia­do su trabajo —dijo el capitán con una sonrisa antes de seguir a los otros dos hombres.
LetiziaDamaAvalleLetizia se quedó inmóvil hasta que escuchó sus pasos alejarse del hotel. Se acercó a la chimenea e intentó calen­tarse. Mirando fijamente las llamas pensó en las hojas que había escondido. Habían sido su descubrimiento, era ella quien tenía que estudiarlas. Esta vez los resultados de su trabajo serían publicados con su nombre, no con el de otro, como le había ocurrido a principios de su carrera profesional como ayudante en la universidad, cuando ha­bía recibido el encargo de escribir un ensayo sobre los pintores boloñeses Annibale, Ludovico y Agostino Ca­rracci.
Cada vez que volvía a pensar en ello temblaba de ra­bia. Recordaba muy bien el instante en el que había encon­trado encima del escritorio de Boriello, su profesor, un li­bro que le habían enviado como regalo. Se trataba de una colección de ensayos sobre los pintores boloñeses de finales del siglo xvi . Entre ellos aparecía uno firmado por un pro­fesor amigo de toda la vida del profesor Borie llo, un cierto Musone: Carracci. Humanidad y arte sagrado. ¡Su trabajo! Y ni siquiera una nota donde se la citara. ¡Qué mezquin­dad, caer tan bajo por unas pocas monedas y embellecerse con el trabajo de otra persona! Se juró a sí misma que no entregaría a nadie los folios que había encontrado en la residencia Biraghi. Se trataba de un descubrimiento suyo, y cualquier cosa que pudiera obtenerse sería sólo suya aunque alguien de las altas esferas pareciese también estar muy interesado en sus investigaciones.
Se le volvió a pasar por la mente que, días después del hallazgo del cuarto secreto, efectivamente algo había ocurrido. De pronto habían sustituido parte del personal que trabajaba con ella sin darle ninguna explicación. Ade­más, no había conseguido encontrar su cuaderno con las notas. Quizás eran sólo coincidencias. O quizás no. De todos modos, empujada por una prudencia instintiva, ha­bía inmediatamente escondido aquellos folios encontra­dos en la habitación secreta sin decírselo a nadie. Sabía, sin embargo, que alguien habría podido husmear desde la apertura por la que ella había entrado y ver el material de escritura, algo que, en efecto, había ocurrido, por lo que no había tocado ni la pluma ni el tintero y había dejado donde se encontraban las dos hojas blancas y aquella con el soneto.
—Señorita, perdóneme, ¿va todo bien? —le pregun­tó una voz femenina.
—Sí, gracias señora Rosa, todo bien — respondió Le­tizia distrayéndose de sus pensamientos.
La propietaria del hotel, una señora floreciente, con el pelo canoso recogido en la nuca, le sonrió y, acercándo­se a la mesa para recoger el cenicero y vaciarlo, anunció que en diez minutos se serviría la cena. Letizia se quedó unos instantes más mirando fijamente el fuego y luego se dirigió hacia la sala grande. No había muchos invitados aquella noche. Por otro lado, el pueblo no ofrecía grandes atractivos, salvo el castillo y quizás los paseos por el bos­que durante las tardes veraniegas. En aquel mes de no­viembre tan gris los únicos clientes eran Letizia, algunos de los estudiosos que trabajaban con ella y dos clientes de paso.
Letizia realizaba una profesión extraña para una mu­jer. De hecho, muchos la miraban con sospecha. No era un ángel del hogar, si bien no excluía que un día se pudie­ra convertir en ello. Sus intereses estaban dirigidos hacia la investigación, a la que se dedicaba intensamente tras haberse licenciado en Filología Moderna por la Universi­dad de Bolonia. El profesor que le había dirigido la tesis le había empujado a seguir estudiando. Amaba mucho la ar­queología y la historia del arte, tanto que, después de una breve experiencia enseñando, había comenzado a colabo­rar con el profesor Nicola Argentini, que se encontraba entre los historiadores de arte más apreciados, encargado de seguir los trabajos de restauración en el edificio noble de Poggio Catino. Letizia se había ganado la estima del profesor hasta tal punto que, cuando éste no pudo seguir personalmente los trabajos por culpa del reumatismo, le había encargado a ella vigilar personalmente la restaura­ción.CarteSegrete
La joven solía cenar con los otros dos estudiantes del profesor Argentini. Y como ambos se llamaban Alessan­dro ella, para diferenciarlos, les había dado un sobrenom­bre. Uno era el grande y el otro el chico, como consecuen­cia de sus características físicas. El primero, con quien era un placer trabajar, era enorme como una montaña, casi dos metros de alto, amante del buen vino y de la buena cocina, alegre e irónico, y estaba especializado en arte me­dieval. El otro, en cambio, era de estatura media y de constitución diminuta, débil de salud pero un trabajador incansable que se había especializado en arte moderno. Letizia apreciaba su razonamiento lúcido, su extraordina­ria cultura y su absoluta dedicación. Se acomodó a la mesa, donde ya le esperaba Alessan­dro el grande. El chico, en cambio, no había aparecido to­davía.
—¿Sabes dónde está? —le preguntó Letizia a su amigo.
—No, no tengo ni idea. Quizás estará preparando una de esas pociones contra los resfriados, el dolor de ca­beza, la colitis o yo qué sé.
—No bromees con su salud, no es propio de ti.
La señora Rosa llevó a la mesa una sopera y, susu­rrando un «vuelvo enseguida» apenas audible, se alejó para ir a servir a los dos nuevos clientes. Letizia no pudo evitar observarles. No los había vis­to antes en el hotel y no parecían ser de aquellos lugares. Ambos tenían unos cincuenta años y comían hablando en voz baja entre ellos. El que parecía más mayor tenía algo de familiar. Las lentes gruesas, el vientre prominente y la forma de peinarse para ocultar la calvicie le recordaban a una persona que no hubiera deseado volver a ver jamás en su vida. Se dijo a sí misma que se trataba sólo de un pare­cido y devolvió la mirada hacia Alessandro, que estaba trajinando con la sopera.
Pocos instantes después Rosa volvió a su mesa, y por el gesto grabado en su rostro Letizia intuyó que su curio­sidad podría quedar satisfecha en muy poco tiempo.
—Esta noche, sopa con garbanzos. ¿Os gustan? —di­jo en voz alta la propietaria. Luego, acercándose para ser­vir la sopa, susurró—: Aquellos dos van de paisano, pero forman parte de la Milicia Fascista. Están aquí por voso­tros, pero haced como si nada —dijo.
Y acto seguido reto­mó el tono anterior.
—La he preparado tal y como le gusta a usted, señor Alessandro. Aquí está, se la traigo ensegui­da. ¿Le apetece más vino tinto? Voy a buscarlo.
La mujer fue a la cocina y, volviendo con la botella, dejó sobre la mesa una nota. Letizia reconoció inmediata­mente la caligrafía del chico. Alessandro sacó el cuaderno con los apuntes de la chaqueta y lo apoyó junto a la nota que consiguió deslizar entre las hojas.
—Letizia, mira aquí. Este es el resultado de los ha­llazgos que hemos hecho en el edificio. He intentado esquematizarlos —le dijo Alessandro pasándole el cua­derno.
« Hodie vesperi cum vobis non cenabo» , aparecía es­crito en la nota. « Diciete Rosae me non valere: apud me manebo. Magna Quercus media nocte. Facite ut Nemo vos sequatur».
El chico les informaba de que no bajaría a cenar y les rogaba que justificaran su ausencia con la señora Rosa como consecuencia de un repentino malestar. Sin embar­go les daba una cita en el roble grande a media noche, exhortándoles a prestar atención para que nadie les siguiera.
—Diría que son resultados más bien interesantes, pero tenemos que seguir trabajando. Mañana tomaremos más apuntes —respondió Letizia, intentando esconder el ansia que le suscitaba aquel mensaje.
La señora Rosa se estaba acercando. Alessandro son­rió y le dijo que su colega no se encontraba bien y que no bajaría a cenar con ellos.
—Vaya, ese jovencito tendrá que hacer algo. Tiene siempre algún mal.—¡Imaginario, señora, imaginario! Desde que lo co­nozco ha tenido todos los males que aparecen en la enci­clopedia médica.
La mujer se rio con ganas, dejó la cesta del pan y vol­vió hacia la cocina.
Los dos hombres de la Milicia Voluntaria Fascista les estaban observando. Alessandro y Letizia siguieron co­miendo, comentando las investigaciones en el castillo con un lenguaje tan técnico que pocos habrían podido enten­der de qué estaban efectivamente hablando. Pero Letizia se encontraba molesta por la presencia de aquel hombre que tanto le recordaba a una de las personas más desagra­dables que había conocido jamás y que, de nuevo, se había dado la vuelta para mirarla.Cuando hubieron terminado de cenar, Letizia dijo con una voz más bien alta, de forma que todos pudieran escucharla, que aquella noche se encontraba bastante can­sada y que se retiraba a su habitación. Saliendo de la sala pasó junto a la mesa de los dos nuevos clientes del hotel, que le sonrieron y, ridículamente elegantes, le desearon con buenas noches.
Alessandro se quedó en la mesa saboreando la últi­ma copa de vino y encendiendo un cigarrillo. Esperaría una media hora antes de subir a su habitación. No tenía que levantar sospechas y debía comportarse como cual­quier otra noche.
Terminado el cigarrillo, subió a su habitación y se quedó a la espera. Después de una decena de minutos los dos nuevos invitados subieron igualmente las escaleras.Alessandro pensó que probablemente se encontra­ban alojados en las habitaciones situadas al final del pasi­llo, aquellas que habían dejado libres sus colegas que, por algún motivo extraño, habían tenido que abandonar la restauración para volver rápidamente a Roma.
En poco tiempo oyó la voz de Rosa que se excusaba con los recién llegados. Tendrían que adaptarse y alojarse en las habitaciones sin baño y utilizar el baño común si­tuado al fondo de las escaleras. Los dos dijeron que para ellos no era en absoluto un problema y que se alegraban de haber encontrado hospitalidad en su hotel. La mujer pareció marcharse satisfecha.
Alessandro se quedó de nuevo a la escucha detrás de la puerta todavía durante unos minutos, hasta que oyó a los dos hombres darse las buenas noches y cerrar las puer­tas de sus respectivos dormitorios.Ahora tenía que esperar a que cada uno fuera al cuarto de baño. Unos minutos más tarde escuchó golpear la ventana que daba al balcón comunicante con la habitación conti­gua. Era Letizia. Llevaba puesto un abrigo, la bufanda y los guantes, y estaba lista para marchar a la cita. La dejó pasar.
—He escuchado que los dos militantes han alquila­do las dos habitaciones situadas al final del pasillo. Ten­dremos que prestar atención y salir. ¿Han ido ya al cuarto de baño? —preguntó Letizia.
—No, todavía no.—No me gustan. Sobre todo el más rechoncho con poco pelo. Me recuerda a un pusilánime con quien me crucé durante mis estudios universitarios.—Venga ya, ¿lo conoces?—No lo sé, se parece a él…

La Dama Roja
La Dama Roja

—¿Quién es?—Un profesor. Un profesor de historia moderna. No, no puede ser él.
—De todos modos, quédate tranquila, no nos cruza­remos con ellos. Bajaremos por la ventana.
—¿Pero te has vuelto loco? ¿Y cómo?
—No te preocupes. Los tubos del desagüe pasan precisamente junto al balcón y alrededor de las juntas hay un sólido apoyo para los pies y las manos. Yo te ayudaré. En el fondo se trata sólo de una planta.
—No hacía estas locuras desde que era una niña. Pero tienes razón, no podemos correr el riesgo de que nos vean. ¿Qué hora es?
—Las once y cuarto.
—Tardaremos al menos media hora hasta llegar al enorme roble. Tenemos que estar fuera como muy tarde a las once y media.Se quedaron en silencio unos instantes. Luego escu­charon una puerta que se abría: alguien estaba yendo al baño. Era el mejor momento. Tendrían que estar pendien­tes únicamente del otro cliente, con la esperanza de que aquel que se había quedado en el cuarto tuviera la ventana al otro lado de la casa. Salieron al balcón. Ninguna de las ventanas estaba iluminada. Letizia llevaba una falda más bien cómoda y decidió bajar la primera.—¿Estás segura? —le preguntó el grande.— Claro. Cuando era pequeña era un chicarrón y no es la primera vez que me escapo por un balcón.